miércoles, 24 de septiembre de 2008

DICTADORES, BAJOS EN COLESTEROL


PUBLICACIÓN: CLIO
NUMERO: 40
FECHA: Febrero 2005
AUTOR: Xosé Arias.
GÉNERO: Reportaje
SECCIÓN: Historia


DICTADORES, BAJOS EN COLESTEROL




Portada del libro "Le Ricette del Duce"

UN LIBRO QUE IRONIZA SOBRE LAS RECETAS DEL DUCE DEJA ENTREVER QUE MUSSOLINI ERA UN GASTRÓNOMO REFINADO Y CURIOSO, PERO LA REALIDAD HISTÓRICA PARECE SER MUY DISTINTA: COMO OTROS DICTADORES, TENÍA PROBLEMAS ESTOMACALES Y SEGUÍA DIETAS RIGUROSAS.

En su biblioteca de temas gastronómicos, el fallecido escritor Manuel Vázquez Moltabán tenía un curioso volumen, Le Ricette del Duce, escrito por Vittorio Luchinat y Gian Franco Borelli y publicado en 1988. La obra era presentada lúdicamente por sus propios autores como “una falsificación excelente” y le atribuían un origen imaginado. Mussolini –explicaban los autores- habría apuntado de su puño y letra sus recetas preferidas en una pequeña libreta negra –el color fascista por excelencia- que habría tenido una trayectoria azarosa: al ser capturado Mussolini, disfrazado de militar alemán, su agenda culinaria habría acabado en manos de un oficial de la Wehrmacht. Este, a su vez, habría sido apresado por los soviéticos y, de modo rocambolesco, un agente del temido KGB habría entregado la agenda a un miembro del grupo terrorista italiano Brigadas Rojas en los año 70. Finalmente, habría llegado a las manos de los autories a través del brigadista.
Esta historia inventada permite presentar numerosas recetas supuestamente gratas al paladar del Duce, que –a la luz de ese inventario- se nos proyecta como un hombre hedonista y dado a la buena mesa: primeros platos variados, pasta abundante, pequecado, carne, verduras y dulces, incluyendo propuestas ideológicamente evocadoras, como las peras en camisa negra, en alusión al uniforme fascista. No obstante, esta relación de apetencias culinarias plantea un pregunta importante: ¿fue realmente Mussolini un gastrónomo refinado?

MUSSOLINI, ULCERAS Y DIETAS



Mussolini

La última gran biografía sobre el dictador, Mussolini, de Richard J.B. Bosworth, es clara al respecto. Si en su carrera política previa al acceso al poder Mussolini exhibió una imagen de virilidad y vitalismo, la cambió sustancialmente al convertirse en dictador. Entonces manifestó morigeración en el consumo de tabaco, bebida y comida, sobre todo desde que en 1925 padeció una brutal úlcera de estómago. El Duce siguió, a partir de entonces, una dieta rigurosa y ponderó en privado las virtudes del yogur. Asimismo, antes sus invitados periodistas hacía ostentación de su abstinencia de carne, vino y café.
Empeñado en manifestar su acción como la de una máquina sincronizada (“he convertido mi cuerpo en un motor que se halla sometido a una revisión y un control constantes”), presumía de su dieta austera: poca carne y mucha fruta y verduras frescas; sin te, café ni vino; sólo una manzanilla amenizaba su paladar por la tarde. Ya bajo la presión de la guerra, su salud se deterioró marcadamente hacia 1942. contraía frecuentes catarros y, según Bosworth, se ignora si ello obedecía a su úlcera o a una enfermedad contraída en el nuevo territorio del trópico adquirido por el imperio italilano. Lo cierto es que la imagen de Mussolini reflejó su desgaste (palidez, mejillas arrugadas, cuello fláccido). El otrora idolatrado maschio italiano dejó paso a un enfermo aplicado a seguir las instrucciones del médico.
A fines de aquel año se agravó su estado y perdió un veinticinco por ciento de su peso, aunque experimentó cierta mejora a inicios de 1943. Su dieta, esencialmente líquida, no le permitía sobreponerse, por su tendencia a vomitar. En esta época tomó la costumbre de “aflojarse los pantalones y apretarse el estómago con las manos”. En 1943 tenía estreñimiento, dolores estomacales brutales (“sentía como si alguien le pegara en el estómago con todas sus fuerzas”) e ingería poderosos purgantes. bosworth traza una hipótesis interesante al relacionar su visión del mundo con sus dolores “puede que la amargura que le inspiraban a Mussolini el mundo y la humanidad tuviese algo que ver con la obstrucción intestinal”. Su dieta era ya minimalista: té, pan tostado, leche y algo de fruta hervida.
Si embargo, desde inicios de 1944 hasta febrero de 1945 experimentó una notable mejoría (jugaba al tenis y engordó). Pero con la aparición de una depresión vinculada al desastroso curso de la guerra, retornaron los dolores estomacales que ya no lo abandonaron. Así, en 1945 –el años de su muerte, ejecutado por un grupo de partisanos- el otrora varonil y vigoroso Duce era poco menos que “un cadáver ambulante”. En definitiva, la figura de presunto gourmet o bon vivant del supuesto recetario antes citado es totalmente ajena a la torturada vida gástrica del autócrata italiano.


PRIMO DE RIVERA Y FRANCO, DOS PALADARES OPUESTOS


Miguel Primo de Rivera


Sin afán exhaustivo, una breve prospección por la faceta gastronímic ade dictadores conocidos permite entrever reñidas relaciones entre los placeres de la mesa y el ejercicio del poder casi absoluto. De este modo, en España, el general Miguel Primo de Rivera (dictador entre 1923 y 1930 y padre del fundador de la falange) y Francisco Franco ofrecen imágenes contrapuestas en este aspecto.
Primo de Rivera (1870-1930) era un hombre de costumbres muy distintas de las que Franco manifestó. Primo padecía una diabetes que le casuó problemas a lo largo de su vida por su incapacidad para ser fiel a las dietas prescritas, por lo que experimentó crisis cíclicas; su gula podía con su disciplina y sus viajes prohibidos a la despensa (a menudo con nocturnidad y alevosía) le producían accesos de fiebre que requerían atención médica. Tras serle recomendada una dieta, volvía a empezar el ciclo cuando atacaba de nuevo la despensa, hasta que en enero de 1930 la enfermedad combinada con una gripe le produjo una crisis mortal, que algunos admiradores del finado quisieron atribuir a las malas artes de la masonería (ya se sabe: los enemigos de España nunca duermen).
De hecho, la indisciplina astronómica de Primo se enmarcaba en un modus vivendi desordenado. “Sus costumbres personales –explicó el famoso hispanista Gerald Brenan en El laberinto español- eran tan irregulares y bohemias como su propia mentalidad. Aunque trabajaba muchas horas, estas eran dispersas y sin regla. Todas las noches se estaba charlando en los cafés o los casinos hasta las 3.00 o las 4.00 horas de la madrugada; dormía hasta las 8.00 o las 9.00 y, después del almuerzo, en pijama y gorro de dormir, volviíase a la cama a dormir la siesta hasta las 17.00 horas, al buen estilo español [...], de vez en cuando se permitía una juerga; con algunos amigos (mujeres incluidas), se encerraba en una casa de campo, descolgaba el teléfono y pasaba un par de días divirtiéndose. Después [...] volvía al trabajo.” Como podemos apreciar, el retrato de Brenan es diáfano en cuanto al desorden vital del dictador.


Franco
Franco (1892-1975), en cambio, fue el reverso de Primo. Hombre retraído, fue parco en la comida y la bebida y muy disciplinado en sus hábitos. Como remarca Stanley G. Payne (Franco), el dictador tenía un dominio extraordinario de la vejiga (no se levantó para orinar durante un consejo de ministros hasta 1968, con 76 años) y sus placeres sensuales eran muy limitados: “nunca le gustó fumar y en las comidas nunca bebió más de un vaso de vino (o, en las ocasiones especiales, un máximo de dos) [...]. La comida no era un acontecimiento en la vidad de El Pardo, dado que durante muchos años el feje de cocina fue un suboficial de la Guardia Civil de lealtad a toda prueba, pero cuyos talentos gastronímicos eran más bien limitados”. La bebida tampoco lo atraía y se limitiaba a tomar “una copa de manzanilla” o “una taza de café descafeinado” después de la comida. ¿Fue esta sobriedad gastronímica, unida a su disciplina, una de las razones que favorecieron su longevidad? Lo cierto es que el paladar no era una de sus prioridades.
En este sentido, es revelador el testimonio de Pedro Sainz Rodrúiguez, que debe tomarse con cautela por su conocida animadversión al dictador tras su efímero paso por el Gobierno en 1939. Según explicó en Don Juán, un reinado en la sombra. Franco no solo carecía de paladar (“No tenía el menor interés gastronímico; comía lo que le echaban”, manifestó), sino que temía ser envenenado. Cuenta que una vez le ofreció un caramelo de una bandeja y el dictador dijo: “No, no se moleste, tomaré uno de estos”, sin aceptar el que se le ofrecía. Narra asimismo cómo funcionaban sus dispositivos de protección culinaria: “Mucha gente no sabe que tenía un guardia civil que iba siempre con él y le servía personalmente el vino y el café, porque lo único en que podía hacérsele tomar veneno individualmente. Lo demás eran guisos y probablemente, se decía: “Para matarme a mí, tendrían que matar a toda la mesa [...]”. Cuando se lo invitaba a una cacería, prosigue Sainz, “invadían la cocina”, y concluye con un recuerdo gráfico al respecto: “En Santander, en un banquete del Club de Tenis, la Policía irrumpió en la cocina y allí no se echó ni un puñado de sal si que lo supervisase un sargento de la Guardia Civil”. Y es que los enemigos de España –que nunca dormían- también podían estar al acecho del puchero del invito Caudillo.


EL EJERCICIO DEL PODER: ¿UN ENEMIGO DEL PALADAR?


Stalin

La comida tampoco fue un placer para Stalin, uno de cuyos biógrafos, Donald Rayfield (en Stalin y los verdugos), abarda el tema de manera reveladora: “sin ser tan ascético como Hitler, Stalin demostraba poco inter´res por los placeres físicos. En la comida, valoraba la simplicidad, no la delicadeza: le bastaba con saber que no estaba envenenada. Controlaba su ingesta de alcohol y tabaco: emborrachaba a sus invitados, pero él permanecía sobrio, y su famosa pipa no era más que un accesorio que casi nunca encendía”. No obstante, en sus últimos años de vida –como señala Simon Sebag en La corte del zar rojo- organizó copisosa cenas que era, sobre todo, un pretexto para divertirse a costa de sus más próximos servidores: tras la comida, los hacía bailar – para lo cual ponía discos en un gramófono- y contemplar películas. En cuanto a Mao, una biografía de Jonathan Spence (Mao) destaca que padecía insominio y “comía de manera muy irregular; tenía mal la dentadura, lo cual a veces le provocaba abscesos peridentales”.
La cuestión de alimentación de los dictadores, sin embargo, puede resultar más importante de lo que aparentemente traslucen los apuntes históricos que aquí hemos esbozado y se enmarca también en la óptica que ha dominado el relato biográfico durante el último medio siglo. Si primero se menoscabó el papel del individuo por considerar que este tenía un protagonismo menor frente a las grandes dinámicas históricas, cuando se lo recuperó y la biografía –como género- enfatizó el papel decisivo de hombre y mujeres en los hechos históricos, la descripción de su vida cotidiana continuó ocupando un papel escasamente relevante.
En tal sentido, el estudio de las dolencias de grandes protagonistas de la historia (lo que se ha dado en llamar patobiografías, biografías que analizan patologías) puede aprotar elementos que faciliten la comprensión de su conducta y de sus decisiones. Así, el autor de un estudio que se enmarca en esta coordenadas, Julio González Iglesias (profesor universitario de Odontología y autor del estudio Bocas imperiales), hacía en el primer número de CLÍO interesantes precisiones al respecto.Afirmaba que si bien era “descabellado” convertir la enfermedad en “el motor de la historia”, no se podía ignorar su importancia: “Hitler por ejemplo, fue un neurótico compulsivo y un paciente aquejado de múltiples desarreglos y alifafes. ¿Alguien duda de que esa constitución enfermiza influyó en la personalidad del Führer y, por tanto, en la toma de decisiones para el destino de Alemania y del mundo entero?” En este sentido, explicar mejor la vida cotidiana de los dictadores –y, en concreto, un aspecto de esta destacado, como la nutrición- puede aportar elementos interesantes para interpretar sus figuras históricas.
Los dictadores más celebre no parecen haber sido capaces de conciliar la buena mesa con su autoridad desmedida. La necesidad de tenr un presencia licua y supervisar todos los asuntos relegó a un segundo plano el placer por las exquisiteces gastronómicas. Retornando al principio del artículo, las apócrifas y variadas recetas del Duce son tan divertidas como improbable resulta su existencia. Ello obedece a que, en buena medida, dictador se escribe con d de dieta.





EL VEGETARIANISMO COMO IDEOLOGÍA





El vegetarianismo como un componente esencial del ideario hitleriano se constata de manera obvia en sus llamadas conversaciones de sobremesa, los monólogos que el líder nazi realizaba después de las comidas o en la llamada hora del té (veáse CLÍO, número 29). En ellos incluso manifestó una teoría histórica al respecto.
Así, por ejemplo, señalaba que el hombre se volvió carnivoro “porque en la época glacial lo obligaron a ello las circunstancias. Lo incitaron también a cocer los alimentos, costumbre que tienen hoy, como se sabe consecuencias perniciosas”. Por consiguientes, el vegetarianismo corresponde al estado natural del hombre:”Basta con observar lo que sucede a nuestro alrededor para que nos demos cuenta de que los niños sienten una extraordinaria repugnancia por la carne”.
Asimismo, consideraba que existía un nexo directo entre la longevidad y la nutrición: “Si la media de la vida humana está actualmente en progresión, es porque otra vez se vuelve a una alimentación naturista”. De modo coherente, era un entusiasta abanderado de los platos elaborados con pescado: “Alemania consume anualmente unos doce kilos de pescado por habitante. Japón, entre ciuncuenta y sesenta kilos. ¡Todavía tenemos margen!” Si nos atenemos a todo los expuesto, no es de extrañar que Hitler alabase la cocina italiana por disponer de una amplia variedad gastronómica sin recurrir a la carne: “Los pueblos meridionales no conocen la alimentación a base de carne, ni la cocción. He vivido maravillosamente en Italia. La cocina de Roma, ¡qué delicia!”.

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