FECHA: Noviembre de 2006
AUTOR: Martin Correa Urquiza
GÉNERO: Reportaje
SECCIÓN: Viajes
GUATEMALA
Colores, sabores y herencia maya
Colores, sabores y herencia maya
La ciudad de Antigua, el lago Atitlán junto a los pueblos de sus alrededores y el recinto arqueológico maya de Tikal pueden pensarse como los tres vértices del triángulo de oro de Guatemala.
Un triángulo que permite un acercamiento en profundidad a uno de los destinos más interesantes de Centroamérica.
POR MARTÍN CORREA URQUIZA
En Santiago de Atitlán las mujeres juegan a básquet con tacones. El partido es de chicas contra chicos; ganan las primeras. Y eso a pesar de las faldas gruesas decoradas en colores, los tocados en el pelo y las formas delicadas que mantienen. Los puntos se cuentan en lengua quiché. En los alrededores el pueblo sigue con sus tareas cotidianas. Es hora de mercado y entonces hay un ir y venir de cientos de personas voceando sus ofertas. Hay mujeres cargando bolsas de aguacates o sosteniendo gallinas en canastas atadas con redes, hay vendedoras de tamales, tomates y cilantro que se mezclan con los de ropa usada ofrecida al mejor postor. En cada esquina se venden cigarros por unidad y muñequitas para auxiliar a la suerte. En el medio, apretujado entre cajas y bolsones, hay un predicador que grita solo; dice que Dios está a punto de llegar y que si uno no renueva su fe puede que sufra un apocalipsis doméstico en su cocina. Y más por susto que por convencimiento, algunos se arremolinan, escuchan y miran, y dejan sólo al vendedor de jabones que no promete nada más que limpieza. Y el orador sigue poseído, como en un trance; la Biblia en una mano, mirando al cielo. Promete la luz. Es ciego.
En pueblos como Santiago de Atitlán, las mujeres siguen confeccionando sus vistosos huipiles en telares de cintura
Decir que Guatemala es un estallido de colores parece un tópico, pero es tan cierto que resulta. inevitable repetirlo. Pero no sólo es un territorio vivo en el sentido cromático, sino que también es un espacio de sonidos y olores intensos; es vida en ebullición constante. Cada mañana las calles hablan, se mueven, se pueblan de gente... Las faldas, las flores, los mercados, las frutas, los puestos de comidas al paso, todo se confabula en un cuadro muy Rivera, muy Frida Khalo, con sus telas y sus flores blancas del Día del los Muertos. Aquí, la llamada economía informal es eje de supervivencia para la mayoría de las familias nativas, se vende lo que se cosecha y se compra lo que alcanza. La calle no es un espacio de transición, es el lugar del encuentro permanente, de la subsistencia. Quizás esta efervescencia humana sea uno de los fenómenos que más fascina a los viajeros europeos, básicamente porque es una agitación que en ciertos lugares del viejo continente ha dejado paso a un orden complaciente, acomodaticio y, en muchos casos, aburrido.
Guatemala es así, un mundo de mercados, de vida en constante excitación, de historia y tradiciones vivas. Un país que mezcla su exuberancia natural de floresta, lagos y montaña, con la vida que le dan los más de 25 grupos étnicos que conviven y la historia que regala Tikal, uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del mundo maya. Precisamente sobre esa trilogía se abrió nuestro itinerario.
Mujeres con carga sobre la cabeza, atada en pañuelos de mil colores, es una imagen que se repite a lo largo de todo el pais.
Aunque menos colorista que las mujeres, los hombres también visten trajes tradicionales
De Antigua al lago Atitlán
Empezamos el viaje en Antigua, la primera capital de Guatemala, barrida por el terremoto de Santa Marta en 1773. En aquel momento la mayoría de los habitantes se trasladó a Guatemala de la Asunción, el actual centro político y administrativo del país. Antigua quedó casi desierta por muchos años hasta que fue redescubierta con fines básicamente turísticos en el siglo XX. Hoy es una joya colonial, un museo vivo recuperado. Las casas, las calles de piedra, las iglesias... Todo remite al pasado. La catedral (1680), donde están enterrados los restos del conquistador Pedro de Alvarado, y los conventos de La Merced, San Francisco y el de las Capuchinas, son los edificios coloniales más sobresalientes del conjunto urbano. También hay un mercado local de frutas y verduras y tino de artesanías a los que vale la pena hacerles una. visita —recordemos que la producción artesanal guatemalteca es una de las más prolíficas de América—. La iglesia y el convento de Santo Domingo han sido recuperados como hotel y centro cultural con exposiciones de artistas plásticos y exhibiciones en vivo del trabajo de los orfebres. Después, hay que perderse por las calles de adoquines partidos y llegar hasta la plaza donde los cowboys locales hablan por móvil desde sus caballos; los carruajes coloniales pasean buscando pasajeros; los chiringuitos cocinan tamales a fuego lento, y donde un grupo de músicos de calle esperan recompensa. Ahí es donde nace con fuerza la cotidianeidad de Antigua.
Días más tarde nos dirigimos hacia Chichicastenango, uno de los pueblos que concentra la mayor producción de artesanías del país. La carretera es un zig-zag y hay que contenerse para no marearse. Viajando, uno se da cuenta que Dios está permanentemente en campaña en Guatemala. Hay letreros en las orillas con mensajes del tipo: "Noticia de gran gozo. Cristo viene pronto, prepárate", firmado: "Dios". Las iglesias evangélicas están a la orden del día y se mezclan con el catolicismo tradicional y las propuestas religiosas de cada etnia en particular. E] mosaico es amplio.
Desde frutas y verduras hasta máscaras de madera tallada y ropas bordadas abarrotan los tenderetes del mercado de Chichicastenango.
En el camino, hasta los autobuses parecen haberse puesto de acuerdo en eso de resaltar el color. Cada uno suele ser de una tonalidad distinta y la mayoría son antiguas carcasas de escolares que traen de los Estados Unidos y se reciclan. En este lado del mundo el reciclaje es más una cuestión de imperiosa necesidad que un principio de actitud pseudoecológica.
El mercado de Chichicastenango está coronado por la. iglesia de Santo Tomás, que es la síntesis del país. En sus escalinatas se apiñan las vendedoras de flores e inciensos, entre telas, comida y miradas huidizas. Hay máscaras por todas partes y decenas de esculturas, tallas de madera y, por supuesto, huipiles , la vestimenta tradicional, colorida y tejida a mano, que es casi un símbolo del país y un signo de identidad para cada etnia. En el portal de la iglesia los llamados sacerdotes indígenas comparten espacio con los curas católicos. Del encuentro resulta no sólo la posibilidad de la coexistencia de dos aspectos de la religiosidad local, sino que el fenómeno se transforma en un ejemplo perfecto de convivencia real entre creencias distintas. El sincretismo es una manera dinámica de entender a Dios, un Dios que sin duda aquí almuerza con Ixmukane e Txpiyakok, los primeros ancestros de la genealogía quiché. Dentro del templo convive la misa católica en lengua nativa con la celebración de algún sacerdote indígena que despliega humos, pétalos y velas sobre un altar en busca de respuestas.
Afuera, para los viajeros todo es un bonito caos organizado; para los habitantes, un entramado de posibilidades, de vida social perfectamente ensamblada. El cementerio es una de las joyas de Centroamérica. Casi se ven desde el mercado las tumbas y los mausoleos pintados en colores intensos. Allí también cohabitan los ritos romanos con los evangelistas y los mayas. El Popol Vuj (ver recuadro en Guía del Viajero) y la Biblia marcan las pautas de todo destino.
El mercado de Chichicastenango está coronado por la. iglesia de Santo Tomás, que es la síntesis del país. En sus escalinatas se apiñan las vendedoras de flores e inciensos, entre telas, comida y miradas huidizas. Hay máscaras por todas partes y decenas de esculturas, tallas de madera y, por supuesto, huipiles , la vestimenta tradicional, colorida y tejida a mano, que es casi un símbolo del país y un signo de identidad para cada etnia. En el portal de la iglesia los llamados sacerdotes indígenas comparten espacio con los curas católicos. Del encuentro resulta no sólo la posibilidad de la coexistencia de dos aspectos de la religiosidad local, sino que el fenómeno se transforma en un ejemplo perfecto de convivencia real entre creencias distintas. El sincretismo es una manera dinámica de entender a Dios, un Dios que sin duda aquí almuerza con Ixmukane e Txpiyakok, los primeros ancestros de la genealogía quiché. Dentro del templo convive la misa católica en lengua nativa con la celebración de algún sacerdote indígena que despliega humos, pétalos y velas sobre un altar en busca de respuestas.
Afuera, para los viajeros todo es un bonito caos organizado; para los habitantes, un entramado de posibilidades, de vida social perfectamente ensamblada. El cementerio es una de las joyas de Centroamérica. Casi se ven desde el mercado las tumbas y los mausoleos pintados en colores intensos. Allí también cohabitan los ritos romanos con los evangelistas y los mayas. El Popol Vuj (ver recuadro en Guía del Viajero) y la Biblia marcan las pautas de todo destino.
Casas bajas de color mostaza, teja o añil dan vida a las calles adoquinadas de Antigua, ciudad declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO de 1979. A la izquierda, un puesto de venta de pollos, en el mercado de Santiago de Atitlán.
El lago Atitlán fue nuestra próxima parada. Es la postal más bonita del país; un mar azul rodeado de tres volcanes en la médula de una selva muy verde que va coronando la región del altiplano guatemalteco. Es un paisaje imposible de capturar fotográficamente. Como decía el poeta. Santiago Kovadloff, casi hay que pedir ayuda para mirar. Cuentan que Áldous Huxley afirmó que era "el lago más hermoso del mundo"; y aseguran los lugareños que ese día el escritor de Las puertas de la percepción no había tomado nada. La entrada se suele realizar desde la ciudad de Panajachel, apodada Gringotenango por los lugareños dada la gran cantidad de extranjeros que concentra. Desde aquí se puede tomar una lancha para ir a cualquiera de las 10 aldeas que rodean el lago y que llevan nombres de apóstoles: Santiago (donde las mujeres juegan a básquet con tacones), San Pedro, Santo Tomás, San Marcos; etc.
Tikal, el último regalo
La Gran Plaza es el centro neurálgico del parque nacional de Tikal, que abarca una superficie de 550 kilómetros cuadrados. En ella se levantan dos pirámides gemelas: el Templo I o del Gran Jaguar, de 44 metros de altura, y el Templo II (foto), de 38 m.
En Guatemala todo es muy "chiquito" y se "regala". La gente anda como entregándose las cosas. "Me regala un poquito de agüita", "me regala de su tiempecito un minutito" dicen en todas partes. Eso sí, "regalar" puede ser vender, ciar o prestar; depende de la circunstancia. Son modos lingüísticos que hacen el diálogo más bonito. Digamos que aquí siempre se regala la cortesía del encuentro.
Tikal fue el último presente en nuestro recorrido. Históricamente supo ser una de las ciudades más desarrolladas de los mayas, y en la actualidad sus restos aún pueden contemplarse casi en el límite con Belice, en el extremo norte del país. Esta civilización desapareció en el año 900 d.C., 600 años antes de la llegada de los españoles. Sobre el origen de su extinción hay demasiadas hipótesis y muy pocas certezas; sólo se sabe lo que fue por lo que hoy se ha recuperado. Hasta mediados del siglo XIX el territorio de la actual Tikal era sólo selva y cúmulos de tierra. En 1848 se hicieron las primeras excavaciones y en poco tiempo quedaron al descubierto más de 4.000 estructuras a. lo largo de un predio de 16 kilómetros. Y esto es sólo un 15% de lo que se cree que aún hay enterrarlo. Según los arqueólogos, aquí llegaron a convivir hasta 10.000 personas en los tiempos del apogeo maya. El actual conjunto arqueológico fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1079.
Tikal significa "lugar de las voces de los espíritus" o "lugar del eco" en lengua quiché. Y si uno se para entre las dos pirámides principales y da unas palmadas entenderá el porqué. Más allá de los monumentos y el ambiente deliciosamente misterioso, lo interesante es que el lugar todavía se utiliza corno centro para las ceremonias nativas. Y entonces pasa que los viajeros a veces se cruzan con sacerdotes indígenas en pleno ritual. Y es eso lo que lo hace más vivo, lo que da la nota de diferencia y lo legitima y reivindica como espacio sagrado. En definitiva, lo que le permite evadirse del arriesgado papel de "parque de atracciones místico" en el que suelen caer este tipo de sitios. A decir verdad, Guatemala entera se aleja de ese lugar, está demasiado viva como para ser pensada corno partenaire de La bella durmiente.
Tikal, las claves del recorrido
Desde la ciudad de Flores, una carretera nos adentra al parque nacional de Tikal. Al llegar hay un primer lugar de abastecimiento, con un bar y una construcción en relieve de todo lo que se ha encontrado hasta hoy; es interesante para hacerse una idea del conjunto arqueológico en su totalidad. Después hay que caminar unos kilómetros por sendas que se internan en la selva del Petén. De repente, entre la espesa vegetación, aparece la Gran Plaza, un antiguo ( y aún vigente) centro de celebraciones resguardado por el Templo del Gran Jaguar, el Templo de las Máscaras y el mausoleo de la familia real. A un lado hay una cancha de pelota (al parecer los mayas tenían un jugo ritual similar al fútbol, pero con un desenlace algo más drástico). A unos 400 metros de allí, en el llamado Mundo Perdido, se encuentra el monumento más viejo del complejo. Después está la plaza de los Siete Templos, con ejemplos de las diferentes épocas de la civilización, muchos de los cuales miden entre 38 y 50 m. de altura.
En Tikal se levantaron unos 4.000 edificios y, aunque no se puede visitar todos (muchos de ellos siguen enterrados), el recorrido por las pirámides principales permite hacerse una idea de los niveles de sabiduría y desarrollo cultural al que llegaron los mayas. Una recomendación; intentar ver el atardecer o amanecer en Tikal. Desde la cima de la pirámide número cuatro, el sol se ve de otra manera. Es un espectáculo impresionante.









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